La sala grande de la hacienda olía diferente ese día.
No a cedro ni al jazmín que a ciertas horas el patio interior mandaba hacia los corredores. Olía a gente — a la concentración específica de demasiada historia comprimida en un espacio colonial que no fue diseñado para contenerla toda al mismo tiempo.
Los Voraces del clan Aldave a la izquierda. Los Montecreaux y yo a la derecha. El Consejo de Estirpes al frente, instalado con la formalidad de quien lleva siglos desempeñando la misma función y