La puerta de la habitación de Luciano estaba entreabierta.
No la empujé de inmediato.
Me quedé un segundo en el umbral calculando si eso era invitación o descuido. Luciano no hacía nada por descuido. La puerta entreabierta era intencional. Lo cual significaba que ya sabía que iba a llegar, o que lo esperaba, o ambas cosas.
Ciento setenta y ocho años, pensé. Suficiente para saber cuándo alguien viene a buscarte.
Empujé la puerta.
Luciano estaba de pie frente a la ventana. Las manos en los bolsil