El mirador a esa hora olía a tierra húmeda y a jazmín nocturno.
No la versión discreta del jazmín que tenía durante el día. La versión de las once de la noche: densa, sin pedir permiso, la clase de olor que se queda en la ropa aunque solo hayas pasado diez minutos ahí.
Sael estaba apoyado en la balaustrada de piedra cuando llegué. No se giró al escuchar mis pasos. Solo dijo, mirando el bosque:
—Gracias por venir.
Me apoyé en el muro a su lado con un metro de distancia entre los dos. Abajo, el b