Llevaba dos días lloviendo sin parar.
No la lluvia que empieza y para. La lluvia de montaña que se instala con la comodidad de algo que no tiene prisa por irse.
Los pasillos de la hacienda olían a piedra húmeda. El patio interior sonaba constante. Los vidrios de las ventanas tenían una capa de vapor en los bordes.
Bajé al corredor cubierto del patio central con un libro, una manta que había encontrado en el armario del cuarto, y ningún plan concreto más allá de leer hasta que se me pasara el es