La quinta noche del campo de supresión la hacienda estaba en silencio.
No el silencio de lo tranquilo: el silencio de lo que sabe lo que viene y ha dejado de fingir que no lo sabe.
Los cuatro en el salón grande.
No porque alguien lo hubiera convocado. Porque en algún punto de la noche, uno por uno, habían llegado al mismo espacio sin coordinación previa: Sael primero, luego Dante, luego Luciano con los documentos que cerró en cuanto entró y no volvió a abrir, luego yo.
El fuego de la chimenea t