El apartamento de Zuri era el segundo piso de una casa de dos plantas en el borde del pueblo.
La ventana del cuarto daba a un árbol que no reconocí. No era cedro, no era el roble del jardín de la hacienda. Era un árbol ordinario del pueblo con hojas ordinarias y ninguna historia que yo supiera.
Zuri me había dejado las llaves, una nota con el código del wifi, y en el refrigerador: café, agua, y un envase de comida preparada con la tapa marcada con el tiempo que tardaba en calentarse.
La nota de