Mis ojos se abrieron de par en par.
—¿A qué te refieres? —pregunté con voz pequeña y temblorosa, mientras mis ojos parpadeaban rápidamente, una, dos y demasiadas veces.
Mi padre me miró, y no había más que tristeza en su expresión.
—Eres muy inteligente, Ariella —dijo en voz baja—. Creo que puedes verlo.
Pero yo no podía. No lo hacía. Y ahora, al escucharlo decirlo, mi mente empezó a trabajar a mil por hora. ¿Se me había escapado algo? ¿Había una pieza que no había visto, una verdad que no