Ariella
Mi madre perdió los estribos y dejó la taza de té sobre la mesa con demasiada fuerza. El té salpicó por toda la mesa, pero a ninguno de los dos nos importó.
—Voy a hablar de él —dije con firmeza—. Es mi padre.
—Detente en este preciso instante —levantó la mano hacia mí.
—Mamá, no tengo doce años. Ya no tengo dieciséis. Soy una adulta. Tengo mi propia familia. Y no puedes simplemente levantarme la mano y esperar que haga lo que tú quieras.
Tomé aire.
—Estoy aquí por papá. Fui a visi