Era Dana.
—Hola —dijo ella con una sonrisa—. ¿Están listos? Pensé que podríamos irnos todos al mismo tiempo… ya saben, para llegar juntos y no tener que esperarnos.
—Sí, eso tiene sentido. Ya casi estamos listos —contesté, mirando hacia las escaleras—. ¡¿María?! ¡¿Ryan?! ¡Vámonos!
—¡Ya vamos! —respondió María.
Me volví hacia Dana.
—Saldremos en un segundo.
Los ojos de Dana me recorrieron y, por un instante, se quedó congelada.
—¿Qué? —pregunté, insegura.
Abrió la boca para decir algo: