Aun así, el silencio entre nosotras se prolongó lo suficiente como para que yo me viera obligada a romperlo.
—Te he visto por aquí… Vives al lado, ¿verdad? —pregunté.
—Sí. Esa casa gris y moderna que parece estar juzgando al resto de la calle.
Me reí entre dientes.
—Es hermosa. ¿De verdad les pagan tan bien a los maestros aquí?
Dana soltó una carcajada.
—Dios, no. Ojalá.
—Oh… Solo asumí, ya sabes… por esa casa…
—No es mía —dijo, agitando la mano—. Es de mi hermano. Es asquerosamente rico