Capítulo 109
—¡Oh, Dios mío, no! —exclamé, horrorizada—. ¡No te quiero muerto! Jamás he querido que mueras. ¿De dónde está saliendo todo esto siquiera?

—Tú sabes perfectamente de dónde sale —espetó—. Tú y tu toalla. Siempre tan dispuesta a acercarte a los hombres.

Y entonces se contuvo.

Por un instante, se hizo el silencio. Luego, sus ojos se encontraron con los míos.

—Esta es la clase de persona que siempre has sido, ¿no es así?

—¿A qué te refieres? —mi voz tembló.

—A esto —escupió—. Una ramera.

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