—Tenemos que llevarlo al hospital —dije con firmeza, tomándolo en mis brazos.
Corrí hacia la puerta principal, la abrí de golpe y me topé de frente con dos soldados.
—Muévanse —les ordené, sin aliento—. Está enfermo. Tenemos que irnos.
Uno de ellos sacudió la cabeza.
—No hemos recibido ninguna instrucción al respecto.
—¿Instrucciones? —espeté—. ¡Está volando en fiebre!
Sin embargo, no se movieron ni un centímetro. María me sujetó del brazo.
—Discutir no servirá de nada —me dijo en voz baj