El salón principal de la manada estaba abarrotado. Podía sentir cientos de miradas clavadas en mi espalda mientras avanzaba por el pasillo central. El murmullo de las conversaciones se apagó gradualmente hasta que solo quedó un silencio espeso, casi tangible. Mis pasos resonaban contra el suelo de mármol, cada uno más firme que el anterior.
Había elegido cuidadosamente mi atuendo para esta noche: un vestido negro que se ajustaba a mi cuerpo como una segunda piel, con un corte lateral que revela