El crepúsculo se derramaba como tinta violeta sobre las montañas cuando Lilith sintió el primer hormigueo. Fue sutil, apenas perceptible, como el aleteo de una mariposa contra su piel. Llevó instintivamente los dedos hacia la curva entre su cuello y su hombro, aquel lugar sagrado donde los Alfas marcaban a sus compañeras destinadas.
Donde él nunca la había marcado.
—Es imposible —murmuró para sí misma, frotando la zona con incredulidad.
La sensación persistió mientras preparaba un té de hierbas