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Con 48 horas para detener 30 ataques simultáneos en tres continentes, Damián y yo hicimos lo único sensato: convocamos a todos mis enemigos para pedirles ayuda.

La transmisión global se activó a los treinta segundos de tomar la decisión. Mi rostro apareció en pantallas desde Tokio hasta Londres, desde São Paulo hasta Lagos, con Damián a mi lado proyectando una autoridad que contrastaba brutalmente con la humildad sin preced

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