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El silencio era lo más perturbador. No el silencio de sonido, porque el mundo seguía lleno de ruidos: viento entre las hojas, pájaros cantando, el murmullo distante de voces humanas. Era el silencio lunar. La ausencia de esa conexión ancestral que había definido a millones de seres durante milenios.

Me senté en el porche de nuestra cabaña, observando la luna llena que colgaba en el cielo como siempre había hecho. Brillaba con la misma intensidad plateada, proyectaba las mismas sombras

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