Keith se puso un traje negro de corte impecable. Cada movimiento al anudarse la corbata de seda era preciso, y el dolor sordo en sus nudillos le recordaba la pared de mármol que había golpeado en un arrebato de deseo reprimido, un dolor que podía justificar. Su rostro, frío y cincelado, reflejaba la calma de un depredador paciente, esperando el momento perfecto para captar la atención de Elara esa mañana, como solía suceder en cada desayuno.
Una vez que terminó de arreglarse, su figura alta y s