Keith se agitó en las sábanas de seda. No dormía; caía. Caía en los terribles recuerdos que habia enterrado en su memoria, ese oscuro pozo donde el tiempo se había detenido y el aire olía a moho, miedo y acero frío. Los recuerdos de la prisión no eran precisamente agradables, era una enfermedad que volvía cada vez que su mente bajaba la guardia.
En su pesadilla, las sombras de los bloques de celdas se alargaban y se acortaban, proyectando figuras inhumanas y distorsionadas en el pasillo estrech