Keith se echó a reír, una carcajada profunda y gutural que resonó en el aire frío, pero que no alcanzó sus ojos. La risa era un eco de su propia confesión, una burla vacía que Elara no pudo descifrar; ¿era alivio por haber ventilado su resentimiento, o solo el regodeo ante su absoluta victoria? La risa terminó tan abruptamente como empezó, dejando un silencio denso y ominoso en el páramo.
—Sube. Ya es suficiente drama —ordenó Keith, su voz ya de vuelta a un tono de autoridad fría y pragmática.