Elara se obligó a ignorar la mancha en sus labios, la sensación pegajosa del beso de Keith, y en su lugar se giró, dándole la espalda. El aire que le llegaba a la cara estaba helado, pero no tan frío como el vacío que sentía en el estómago. Las lágrimas, que había contenido por el miedo, finalmente brotaron, silenciosas y amargas, cayendo sobre el cuello de su chaqueta. El rocío y las lágrimas se mezclaban en un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. El páramo, que antes parec