El sol del mediodía se cernía sobre ellos mientras Grace extendía una manta de tartán grueso de cuadros rojos y verdes, y una cesta de mimbre cerca de un pequeño arroyo cuyo murmullo intentaba, sin éxito, silenciar la ansiedad de Elara. Habían regresado a la Colina del Centenario, pero esta vez a un punto de encuentro más seguro y menos aislado. El aire, aunque fresco, se sentía más amable que el gélido silencio que había envuelto la cabalgata. Elara se sentó aliviada de estar lejos del cuerpo