Isa observó el cuerpo inmóvil de su ex esposo tirado en el suelo.
Por un instante, no hubo sonido alguno. Ni los latidos de su corazón, ni el murmullo del viento, ni siquiera el eco del disparo que aún debía resonar en alguna parte de su conciencia. Sólo el silencio... un silencio espeso, irreal.
Sus manos comenzaron a temblar, primero levemente, después con violencia, hasta que el arma resbaló entre sus dedos y cayó al suelo con un golpe seco. Fue entonces cuando notó la humedad caliente desliz