«Está muerto, ya está hecho» pensó Sebastian, mirando el cuerpo de Carlos inerte en el suelo. La escena era una mezcla de caos y silencio. La sangre se extendía por el suelo, formando un charco oscuro que parecía absorber toda la luz del lugar. Sebastian sintió cómo el peso de la realidad le aplastaba el pecho. En ese instante, una parte de él, la más oscura y fría, encontraba cierta tranquilidad en la idea de que Carlos ya no podía hacer daño, que todo ese mundo peligroso, ese juego de traicio