Sebastián supo que era real cuando dejó de sentir duda.
No fue euforia. No fue ansiedad. Fue algo más peligroso: una certeza limpia, casi cómoda. Esa sensación que solo aparece cuando todas las piezas parecen encajar con demasiada precisión como para ser casuales. Durante semanas había seguido el rastro con paciencia quirúrgica, sin permitir que la impaciencia contaminara el análisis. Contactos cruzados. Movimientos financieros mínimos. Patrones de desaparición que solo una mente como la de Car