—Cuidado niño —lo atrapa el morocho antes de caer.
—Lo siento —se disculpa Mateo acomodándose la ropa.
—¿A dónde ibas tan rápido? —indaga Gaby mirándolo con los ojos entrecerrados.
—He… Yo… —balbucea el niño mirando a cualquier lado menos a él. La pregunta no era a donde iba, si no de donde venía. El chico había estado pegado a la puerta de Aye escuchado como la niña hablaba con la madre. Había estado escuchando, desde su habitación, la música española que Aye cantaba y reproducía en su computa