Recordó cuando enfermaba y él no iba a verla, cuando pedía ayuda con sus estudios y él fingía no escucharla, cuando se marchó de casa y ni siquiera trató de detenerla. A Montserrat le dio todo; a Melany, nada. Ni un juguete. Ni una palabra amable.
Y aun así, ella estaba ahí. Con su sonrisa cansada, su hija en brazos, sosteniendo al clan entero sobre sus hombros.
Durán bajó la cabeza —Perdón… — Dijo, apenas un suspiro— Melany, te fallé como padre. Te abandoné cuando más me necesitabas. Culpé tu e