El juego apenas comenzaba.
Menos de un minuto después de que Andy pidiera a John que lo acompañara, Lessandro apareció en la cafetería como si hubiera estado esperándolos; la presencia de su padre era siempre un gesto que compactaba el aire en torno suyo.
Lessandro tomó su taza y, antes de que Andy pudiera saludar, dejó caer la frase con una cortesía afilada —Andy, me alegra verlo —
Andy giró, encontrando en el rostro de su padre esa mezcla de orgullo y cálculo que no le dejaba tregua. No perdi