Él suspiró, y con un gesto sutil usó su magia para abrir la cerradura. La puerta se entreabrió y lo dejó ver la escena; Mariana, sentada en la cama, encogida sobre sus rodillas, con el rostro oculto y los hombros temblando. Cerró la puerta detrás de él con un leve chasquido, aislándolos del resto del mundo.
Se acercó despacio, con voz baja, intentando no alterarla más —Mi amor… ¿Qué sucedió? ¿Te has arrepentido de estar conmigo? —
Ella levantó la vista, con los ojos rojos y húmedos —Sí —
Gusto