—Sí, el señor nos ha dejado unas hojas especiales. Con eso desaparecerán. Por favor, entre al agua — Repitió una de las duendes.
Mariana obedeció en silencio. El agua estaba tibia y olía a miel silvestre; las manos de las ayudantes eran delicadas mientras trenzaban su cabello en un recogido que dejaba libres las ondas largas. Luego la vistieron con un traje de tonos verdes y dorados, sensual y ceñido, más propio de una ceremonia que de una caminata.
Pasaron las horas. La luz del día se alargó, y