Por milésima vez, Aria había vuelto a caer redondita en las trampas del hombre que todavía era su esposo. Soltó una carcajada amarga y llena de desprecio, como si se estuviera burlando de su propia pendejada. Qué ingenua había sido al pensar que el absoluto silencio de Jayden significaba que ya había tirado la toalla y que no le pondría más trabas al divorcio. Pero qué equivocada estaba. El maldito silencio de Jayden no era sumisión; era el tiempo que necesitaba para armar una puta estrategia y