El sol ya estaba bastante alto. Viona dejó escapar un pequeño gemido mientras se removía en la cama de sábanas blancas. Al abrir los ojos, el dolor la golpeó de forma inclemente; sentía punzadas insoportables en la cabeza y una extraña pesadez en el cuerpo.
—¡Ahh! —gruñó, sujetándose las sienes. Sentía que el cráneo le iba a estallar al intentar incorporarse. Con la visión borrosa, tuvo que quedarse inmóvil unos segundos, parpadeando repetidamente hasta que el mundo dejó de dar vueltas.
Cuando