STELLA HARPER
Estaba acurrucada en su pecho, nuestros cuerpos sudados y temblorosos pegándose el uno al otro. El sonido que llenaba la habitación era el de nuestras respiraciones agitadas calmándose, dos melodías caóticas que lentamente encontraban un ritmo sincronizado.
Mi cabeza descansaba sobre su corazón, que aún latía descontrolado, y su mano dibujaba círculos perezosos en mi espalda. La felicidad que me inundaba era muy intensa y una ola de calor se esparcía de adentro hacia afuera.
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