A la mañana siguiente.
El sol apenas comenzaba a filtrar sus primeros rayos por las cortinas cuando Federico abrió los ojos, aunque su mente todavía estaba atrapada en una niebla densa y dolorosa.
Un punzante dolor latía en su cabeza, como si alguien le hubiera golpeado con un martillo. Intentó incorporarse, pero sus movimientos eran torpes, como los de un zombi.
Su cuerpo parecía no obedecer, y su corazón palpitaba aceleradamente, lleno de ansiedad y remordimiento.
Con manos temblorosas llevó s