Ellyn temblaba. Sus manos frías se aferraban a los bordes del sofá, como si el mundo entero se le estuviera desmoronando bajo los pies.
La suite estaba casi en penumbras, con apenas un rayo de luz filtrándose entre las cortinas.
Sebastián, parado frente a ella, la observaba con el corazón oprimido. Su expresión era la de una niña rota, devastada por una verdad demasiado dolorosa.
—Ellyn… —murmuró con suavidad, dando un paso hacia ella—. ¿Estás bien?
Ella levantó la mirada, y sus ojos, enrojecido