Federico apenas había dado unos pasos fuera del hotel, con la mente aún embriagada por el recuerdo del aroma de Ellyn y la risa cristalina de Asha, cuando una voz cargada de autoridad y rabia lo detuvo en seco.
—¡Deja en paz a Ellyn y a Asha! —gritó Sebastián, con el cuerpo tenso y los puños apretados.
Federico giró lentamente, con el ceño fruncido y una sombra oscura cruzándole los ojos. Su rabia era palpable.
—¿Y tú quién demonios eres para decirme qué hacer? —espetó con los dientes apretados—