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En una villa aislada, en las afueras de Bogor, Cecilia caminaba de un lado a otro por la sala sin detenerse.
Tenía el rostro pálido.
Varias maletas estaban perfectamente alineadas junto a la puerta, como si estuviera preparada para abandonar aquel lugar en cualquier momento.
Sus manos aferraban el teléfono una y otra vez.
Seguía haciendo llamada tras llamada.
Pero el número que durante tanto tiempo siempre había respondido ahora solo devolvía la voz automática de la operadora.
Estaba