Ahí estaba yo, esperando a Verónica para cumplir mi promesa suicida: ir a ver a Gabriel. El sonido de la corneta del coche anunció su llegada. Bajó el vidrio, revelando su rostro espectacular enmarcado por unos lentes de sol que contrastaban con su melena rojiza y brillante.
—¡Sube, que desfallezco de hambre! —exclamó con su dramatismo habitual.
No perdí tiempo y me acomodé en el asiento del copiloto. Yo también me moría de hambre.
Verónica arrancó el coche y puso música suave. Antes, programó