Me intimidaba verlo sin camisa. Los nervios me recorrían como una corriente incontrolable. Intenté desviar la mirada hacia cualquier otro punto, algo que disipara aquella sensación ardiente que me consumía… pero fue inútil.
Mis ojos, atrapados en un trance involuntario, se negaban a apartarse de él. Gabriel sostenía al halcón con la misma solemnidad con la que un dios cargaría su emblema. En su pecho desnudo, una imagen me robó el aliento: un lobo pintado, sin pelaje, delineado en grises, parec