HOLLY
Rebotando entre sus piernas, mis pechos pegados al suyo, Adam me tenía aferrada de mis nalgas, apretándome y nalgueándome. Yo me aferraba a sus hombros, enterrando mis uñas en su espalda.
Las estocadas se hacían más rápidas, su pene rozaba una parte dentro de mí que estaba volviéndome loca.
—¡Ah, sí! —no pude evitarlo, él apretó más el empuje.
De nuevo, tocó esa fibra sensible.
—Oh, mierda.
—¿Eso te gusta, conejita?
—¡Si, sí! —estaba haciendo maravillas.
Emocionada, mordisquee su hombro,