Ambos nos miramos radiantes, en este momento mi felicidad es la suya y viceversa. No me cabe la menor duda de que Edward es el hombre de mi vida.
Entonces, Edward saca el anillo de la pequeña cajita, lo desliza por mi dedo anular y luego deja un beso en mis nudillos, se levanta y nos besamos como nunca antes, con desenfreno, pasión y mucho amor, sellando a su vez una promesa de amor que durará para siempre.
Disfrutamos de este maravilloso, dulce y romántico momento que Dios nos regala.
«¡Diooo