ISOLDE
Moverse era una tarea.
Las líneas se difuminaban y las paredes tomaban formas que no debían. Ya no sentía mis piernas contra la alfombra, como si mi piel se hubiera rendido a sentir y mis músculos a obedecer.
Mi corazón, sin embargo, continuaba retorciéndose de dolor mientras flotaba a través de las paredes de esta nueva prisión, sin saber si había conseguido comprarme treinta días más de vida o no.
Si el Rey Alfa iba a matarme o no.
Si alguna vez haría que pagaran o no.
Y mi bebé. Dios.