MIKAEL
—Márcame.
Solté una risa seca.
Luego dejé que mi mirada se posara en su cabello desordenado para ver exactamente dónde se lo había golpeado. Hacer una petición tan descarada y a la vez tan irrazonable requería un cierto nivel de demencia.
Sus ojos sostenían los míos, cargados de lágrimas, pero sus labios permanecían fuertemente apretados y su demeanor inquebrantable, como si su audacia creciera por segundos.
—¿Quieres que te marque? —repetí, mirándola de arriba abajo—. ¿Tú.
—S