ISOLDE
En el momento en que salí de su espantosa vista, mi espalda golpeó la fría pared de piedra en la esquina que llevaba al corredor principal. Presioné las palmas contra ella, el pecho agitándose.
Mi corazón no quería calmarse por más que lo intentara. Porque varias veces hoy, y siempre, me había extralimitado y aún no me habían decapitado por ello.
Los rumores decían que había matado por menos. Aun así, por alguna razón, seguía teniendo la cabeza sobre los hombros y el corazón lleno de rab