MIKAEL
Me agaché en absoluta incredulidad, cerrando la mano alrededor de la garganta de Amaya y levantándola de la arena. Sus botas pateaban inútilmente justo cuando el rugido de la multitud moría en un silencio atónito.
—¿Qué es esto? —rugí, mi cara a centímetros de la suya—. ¿Qué juego está jugando tu padre?
Los ojos de Amaya se llenaron de agua. Sus manos enguantadas arañaban mi muñeca. —Misericordia, por favor, Rey Alfa, misericordia—
Su espada se deslizó de sus dedos y golpeó la tierra, lu