ELAXI
—Es una lástima que él nunca te hubiera aprovechado. Te lo dije, Ela, y estoy seguro de que no fui el único que te advirtió de él.
La voz ronca y oscura que me eriza la piel parece demasiado lejana. Intento moverme; todo es tan confuso que siento que siempre he pertenecido a un sueño del que por fin podré despertar. Pero cuando abro los ojos, me doy cuenta de que no es un sueño, sino uno más de los escenarios de mis pesadillas infinitas. Las tengo desde que un diagnóstico de cáncer cambió mi vida por completo.
Me enfoco en mi entorno; está oscuro y solo una pequeña luz tenue ilumina el lugar. Me incorporo lento; mis articulaciones siguen un poco adormecidas. Huele demasiado mal, a marihuana, sexo y alcohol. Mi corazón late mientras mi cerebro me hace recordar los hechos: abrí la puerta y Oliver me atacó. Ahora parece ser que estoy encerrada en una especie de enorme jaula.
—Ayuda —mi voz es ronca.
Débil, me pongo de pie y agarro con ambas manos los barrotes de metal frío.
—¡Auxil