El vuelo de regreso desde Milán había sido un ejercicio de tortura silenciosa. Valeria había pasado las dos horas mirando por la ventanilla del jet privado, consciente de cada respiración de Enzo a su lado, de cada movimiento de sus manos sobre el reposabrazos, de la tensión que vibraba entre ellos como un cable de alta tensión a punto de estallar.
No habían hablado sobre lo que había sucedido en la suite del hotel. Ni sobre el sexo. Ni sobre las palabras susurradas en la oscuridad. Ni sobre el