El amanecer llegó sin que nadie durmiera.
Valeria observó cómo la luz grisácea del alba se filtraba entre las cortinas del apartamento, pintando sombras alargadas sobre las paredes que conocía de memoria. Debería sentirse segura aquí. Debería sentirse en casa. Pero la presencia de Isabella Moretti en la habitación de huéspedes—a apenas diez metros de su dormitorio—había transformado su refugio en un campo minado emocional.
Enzo había tomado la decisión la noche anterior, y lo había hecho con esa