El amanecer llegó con luz gris que se filtraba entre las cortinas entreabiertas, pero Valeria no había dormido.
Había pasado las últimas cuatro horas mirando el techo, contando las grietas en el yeso, sintiendo cómo la rabia se solidificaba en su pecho como cemento fresco. Cada vez que cerraba los ojos, veía la misma imagen: Enzo e Isabella en la cocina, a las tres de la mañana, hablando en susurros. La forma en que él se había inclinado hacia ella. La intimidad de ese momento que no le pertenec