Valeria despertó con luz del Mediterráneo filtrándose por cortinas blancas.
Por un momento glorioso—quizás tres segundos completos—su mente estuvo vacía. Solo existía el calor del cuerpo de Enzo contra su espalda, el brazo de él envuelto posesivamente alrededor de su cintura, la respiración sincronizada que habían desarrollado durante las noches compartidas. La villa olía a sal marina y a las flores silvestres que crecían en el jardín privado. Afuera, el Mediterráneo susurraba contra las rocas c