Alessandro Ricci no intentó escapar.
Cuando los agentes del CNI entraron en la sala de interrogatorio esa mañana gris de marzo, lo encontraron sentado con las manos cruzadas sobre la mesa metálica, la postura relajada de quien ha tomado una decisión irrevocable. No pidió abogado. No exigió inmunidad. No negó nada.
Sonrió.
—Quieren saber por qué —dijo, su acento italiano suavizado por años de práctica deliberada—. La respuesta es decepcionantemente simple: dinero.
El fiscal Ramírez, un hombre de